Y entonces te das cuenta de que lo que has escrito hasta ese momento no significa nada. Y te preguntas si realmente has sentido lo que has creído sentir o si ha sido tan solo una resaca de lo que realmente querías.
A partir de ese mismo instante empiezas a escribir, o lo que es lo mismo, pensar en tercera persona, porque no crees que tengas derecho a poseer tus propias palabras, las palabras de esa a la que nunca te acostumbrarás y con la que nunca te llevarás bien.
¿Dónde quieres ir si aquí lo tienes todo?
Te jode no sentir un cosquilleo por todo el cuerpo cuando oyes o pronuncias palabras como amor, amistad, belleza o para siempre.
¿Pero acaso alguien lo siente? Que te lo cuente.

Y escribes por escribir, por el simple placer diáfano de observar cómo va muriendo, o según lo mires, naciendo,
el papel bajo la tinta,
sobre la hierba
y a contraluz.
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