jueves, 19 de mayo de 2011





Esta madrugada tuve un sueño extraño.


Era de noche y subía a una azotea. No tenía ningún motivo. Eso es lo bueno de los sueños, que no hacen falta los motivos. Pero subía. Allí había una chica vestida de blanco, como la Lux de Jeffrey Eugenides, o al menos como a la que yo imagino. Estaba de espaldas y se apuntaba a la cabeza con una pistola. Cuando me oyó se giró sorprendida. 
- No intentes detenerme - me dijo.
- ¿Por qué iba a hacerlo? Pero la estás colocando mal.
- ¿Cómo?
Para entonces ya estaba frente a ella, muy cerca. Olía a tequila y a virgen. Le quité la pistola.
- Mira, ¿ves? - le dije apuntándome igual que lo había hecho ella. - Así es muy fácil que la bala se desvíe y no te mate. Es muy probable que solo te produzcas daños cerebrales. 
Me miró entre aterrada y desconfiada.
- Solo lo dices para que no lo haga.
- No, no. Verás... la forma correcta es metiéndotela en la boca. Así. - La coloqué como debe colocarse una pistola.
Pero no confiaba en mí.
- Devuélvemela, lo haré a mi manera. - me pidió.


Y, como no me creía, coloqué la pistola de nuevo en mi boca y disparé.





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