martes, 10 de mayo de 2011

Alicia



Estoy recostada en el sofá. Los niños duermen la siesta y mi marido aún tardará una hora en llegar, más o menos. Es noviembre, y por las ventanas se cuela un sol engañoso, de esos que no calientan. Siempre me ha gustado este mes. Ya llevo cinco en esta casa, quién lo diría. Se me hace extraño, tengo tantos y tantos recuerdos que, en realidad, parecen tan lejanos…
El primero de toda mi vida es de ese orfanato de Galicia. Siempre tan frío, tan oscuro… No quise comer y una de las monjas me encerró en un cuarto sin luz durante lo que a mí me parecieron horas. No tendría más de cuatro años, no lo sé.
Y así pasé mi infancia, de orfanato en orfanato. Cada vez que lo pienso… En unos me decían que mis padres estaban muertos, en otros que se habían ido de viaje y en otros que no querían una hija como yo. Siempre pensé que vendrían a buscarme. Hasta que encontré a Alicia. Qué será de Alicia… La conocí en el último orfanato en el que estuve. Yo tenía quince años y ella diecisiete. Me enamoré de ella locamente, como solo te puedes enamorar de otra persona cuando eres adolescente. Fue ella quien me besó por primera vez, y fue ella quien abandonó su cama una noche para venir a dormir a la mía. Y desde entonces todas fueron así, durante meses. En aquellos días estar allí encerrada no parecía tan horrible. Me despertaba con ella, desayunaba con ella, iba a clase con ella, estudiaba con ella y me iba a la cama con ella. Y con todas las demás, claro, pero para mí no importaban.
Todas las noches, después de hacer el amor y antes de dormirnos, me decía que algún día me llevaría con ella, lejos de todo lo que conocíamos hasta entonces. Me cogía la cara entre sus manos y me la llenaba de besos húmedos, como una niña pequeña que besa sin diferenciar dónde. “Nunca te dejaré salir de mi burbuja”, era su frase favorita. Y la mía también.
Era la primera vez que no me sentía sola. La primera vez que sentía que era especial para alguien. La primera vez que quería estar exactamente donde estaba.
Fueron los meses más felices de que he vivido.
Una mañana, las monjas vinieron a despertarnos más temprano para ir a hacer ejercicio y nos encontraron juntas en la cama. Les dijimos que yo había tenido una pesadilla y que ella había venido a tranquilizarme, pero no nos creyeron. Nos pegaron y nos separaron. A mí me llevaron a clase. No sé lo que hicieron con Alicia. Nunca más la volví a ver.

No ha pasado un solo día de mi vida sin que haya pensado en ella.

3 comentarios:

  1. Buf...me encanta. Lo sabes. Increíble. Me ha pasado lo mismo que la primera vez que me la leiste xD

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  2. Joder que bueno chica!!! esto no tiene fronteras...

    Besos enormes

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