Hay gatos muertos en la carretera. Sus cadáveres, putrefactos, se apilan unos sobre otros creando un macabro espectáculo para los amantes de lo necrofílico.
En la fábrica abandonada, a las afueras de la ciudad, un hombre mantiene en el límite entre la vida y la muerte a decenas de perros a los que va, lentamente, arrancando la piel. Antes de que exhalen su último aliento, a modo de trofeo, lame su sangre mientras se masturba.
En tu estómago se pudre el trozo de carne de un animal muerto.

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