martes, 26 de abril de 2011
He leído por ahí, no importa dónde, un relato en la que una chica se sorprende de cómo la vida, o lo que viene siendo lo mismo, la muerte, nos maneja a su antojo.
Como si fuésemos algo más que simples y jodidos muñecos.
No entiendo porqué las personas se empeñan tanto en asegurar que son dueñas de sí mismas.
Nadie puede tomar decisiones completamente autónomas, nadie.
Nadie puede prescindir de todo y, menos aún, de todos.
Y cuando estemos a punto de morir, en nuestros últimos instantes de lucidez, nos daremos cuenta de lo terriblemente solos que estamos y lo incomprendidos que nos hemos sentido durante todo el tiempo que hemos estado respirando.
Qué ignorantes y prepotentes somos, joder.
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