jueves, 3 de febrero de 2011

Podría dejar todo lo que tengo, incluido a las personas a las, creo, quiero, y embarcarme en un viaje que me llevase a morir en un autobús entre la tundra de Alaska. ¿Sería posible acaso tener un final más apasionante? En mis últimos minutos escribiría la mejor frase de mi vida y luego moriría. Y ya no habría nada por lo que preocuparse.
Podría comenzar a visitar grupos de apoyo con la simple y, al mismo tiempo, compleja finalidad de sentirme viva. Podría meterme una jodida sobredosis de pastillas u otra mierda y llamarle para que viniese a rescatarme. Pero tardaría más de cuatro horas en llegar. Para entonces ya estaría muerta, y la historia se iría a tomar por culo. 
Podría apellidarme Lisbon, tener sexo con hombres en el tejado y ser la última de las cinco en suicidarme. Para mí el coche y el gas.
Podría ser la única mujer embarazada en un mundo infertil. Daría a luz entre disparos y el ruido seco de los muertos cayendo al suelo a mi alrededor. Después me quitarían al bebé y me violarían una y otra vez intentando concebir más niños. O eso creo, no lo sé.
Podría empezar mi historia loca de amor y acabarla olvidándolo y cambiándolo por droga. Podría follar con una mujer mientras un grupo de hombres nos miran. Podría comérsela a un tipo por un gramo. Porque, al fin y al cabo, lo mejor de las blancas es que la chupamos de coña.






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